Levanté lentamente la mirada hacia el abogado.
Él seguía sosteniendo la carpeta del fideicomiso.
Y por primera vez desde que lo conocía, advertí algo inquietante en su expresión.
Miedo.
Porque cuando le pregunté qué había en la última página del testamento, sus manos comenzaron a temblar.
Y comprendí que el hombre que acababa de salvar mis propiedades quizá también llevaba años ocultándome el secreto más importante de mi vida.