Y esa noche, cuando comenzó la música, bailé sin mirar quién se reía.
Porque ya no necesitaba que nadie me diera permiso para sentirme orgullosa de quien era.
Y porque, de alguna manera, mientras mi hermano y yo seguíamos adelante, mamá continuaba formando parte de nuestra historia.
No en una cuenta bancaria.
No en un vestido nuevo.
Sino en cada cosa que hacíamos con amor, incluso cuando el mundo nos decía que no teníamos suficiente.
FIN.