Estaba perfectamente recta.
—¿Cuánto has tardado?
—Da igual.
—No, no da igual.
Me miró por fin.
Tenía ojeras. Una pequeña marca roja en el dedo índice y un hilo azul pegado a la manga de la sudadera.
—Catorce noches —admitió—. Y algunas tardes, cuando decías que ibas a estudiar.
Me eché a llorar.
Él se asustó inmediatamente.
—¡No, no llores! Si no te gusta, puedo cambiarlo. La parte de atrás no quedó exactamente como quería, y tuve que hacer la cintura dos veces porque no sabía cuánto ibas a necesitar para sentarte cómodamente.
Me reí entre lágrimas.
—Es precioso.
—¿De verdad?
—Es lo más bonito que he visto en mi vida.
Entonces hizo algo que no había hecho desde que murió mamá.
Me abrazó primero.
Y durante un rato nos quedamos allí, en el pasillo, abrazados al vestido que había cosido con los vaqueros de nuestra madre.