Vi las manos de mi hermano trabajando hasta pasada la medianoche.
Vi los recuerdos de nuestra madre convertidos en algo nuevo.
Y vi a dos niños que habían perdido demasiado, pero que todavía podían cuidarse el uno al otro sin renunciar a sus propios sueños.
Antes de salir de casa, mi hermano me preguntó:
—¿Lista para otra noche?
Le sonreí.
—Siempre que tú seas mi diseñador.
Él fingió pensárselo.
—Mis tarifas han subido.
—¿Cuánto?
—Una pizza y que dejes de llamarme niño.
—Tienes quince años.
—Un diseñador de quince años.
Me reí y lo abracé.
Después salí por la puerta con el vestido de mamá, el trabajo de mi hermano y una certeza que nadie podría quitarme.
Mi madrastra había intentado hacerme sentir pequeña porque no podía comprarme un vestido caro. Mi hermano, con quince años y cuatro pares de vaqueros viejos, me había regalado algo mucho más grande: la certeza de que yo merecía ser celebrada.