Renata apoyó la cabeza en mi hombro.
—Gracias, mamá.
La abracé.
Y por primera vez me atreví a decirle algo que llevaba mucho tiempo guardando.
—También quiero pedirte perdón.
Se incorporó.
—¿Por qué?
—Porque cuando tenías quince años intentaste defender a alguien y yo te dije que no te metieras.
Mi hija permaneció callada.
—Te prometí que llevaríamos el documento a la dirección. Después no hice nada.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Y tú tuviste que hacerlo sola.
Renata me tomó la mano.
—Mamá…
—No. Déjame terminar.
Respiré profundamente.
—Yo quería protegerte de los problemas. Pero terminé enseñándote que era más importante evitar un conflicto que defender a alguien que estaba siendo tratado injustamente.
Mi hija bajó la mirada.
—Sé que tenías miedo.
—Sí.
—Yo también tenía miedo.
Aquello me rompió.
Porque durante tres años había imaginado a mi hija como una joven extraordinariamente valiente.