Él asintió.
—Muchas veces sí.
—¿Por qué no nos dijiste?
Ben bajó la mirada.
—Porque tuve miedo y pensé equivocadamente que era mejor ocultarlo.
Nuestra hija comenzó a llorar.
—Yo pensé que ya no querías estar con nosotros.
Ben la abrazó.
—Los amo más que a nada. Y siento muchísimo haberte hecho pensar eso.
Nuestro hijo pequeño preguntó:
—¿Te vas a morir, papá?
Sentí que el corazón se me encogía.
Ben me miró.
Después respondió:
—Estoy enfermo y los médicos están haciendo todo lo posible por ayudarme. Todavía no sabemos exactamente qué va a pasar.
El niño comenzó a llorar.
Nos abrazamos los cuatro.
No fue una conversación perfecta.
Pero fue sincera.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejamos de fingir que todo estaba bien.
Dos semanas después, el equipo médico nos explicó que existía una opción quirúrgica, aunque implicaba riesgos importantes.