Parte 1
Mi vuelo desde Monterrey aterrizó en Querétaro 3 horas antes de lo previsto, 2 días antes de Navidad.
No le avisé a nadie.
Llevaba 8 días fuera cerrando un contrato y quería sorprender a mis gemelos, Mateo y Sofía, que acababan de cumplir 3 años.
Imaginé que correrían hacia mí apenas escucharan la puerta.
En cambio, cuando entré a mi propia casa, escuché llorar a Sofía desde el pasillo.
Después oí la voz de mi suegra.
—Elena, todavía falta el baño de visitas.
Dejé la maleta junto a la puerta.
Mi madre estaba de rodillas frente al inodoro.
Tenía 68 años.
Sus manos estaban hinchadas por la artritis y sostenía un cepillo con tanta dificultad que los dedos le temblaban.
Mateo abrazaba una de sus piernas.
Sofía estaba sentada en el piso, llorando.
Mi madre levantó la cabeza al verme.
Su rostro perdió el color.
—Daniela.
Corrí hacia ella.
—Mamá, ¿qué estás haciendo?
Intentó sonreír.
—Patricia quería dejar todo listo para Navidad.
Entonces vi el moretón.
Una mancha morada y amarilla debajo de su pómulo izquierdo.
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
—¿Quién te hizo eso?
Mi madre bajó los ojos.
—Me resbalé.
Desde la sala llegó una carcajada.
Caminé hasta allá.
Mi esposo, Mauricio, estaba sentado frente al televisor con una cerveza.
Mi suegra Patricia tenía los pies sobre la mesa que yo había comprado 4 meses antes.
Había platos sucios frente a ellos.
—Llegaste temprano —dijo Mauricio.
Patricia ni siquiera se levantó.
—Qué bueno que llegaste. Dile a tu madre que termine rápido. También falta planchar las camisas de Mauricio.
La miré.
—Mi madre no trabaja para ustedes.
Patricia soltó una risa seca.
—Está viviendo aquí gratis.
Eso era mentira.