Porque Elías tenía algo que no se puede enseñar.
Honestidad.
Tres años después, aquel muchacho que llegó pidiendo pañales es el gerente principal de mi negocio.
Los números mejoraron.
Las ventas crecieron.
Y la tienda funciona mejor que nunca.
Pero eso no es lo más importante.
Lo más importante ocurrió en su casa.
Con su sueldo pudo comprar una cama ortopédica para su mamá.
Pudo pagar medicamentos.
Pudo costear terapias.
Y poco a poco ella comenzó a recuperarse.
Hoy camina con andadera.
A veces viene a la tienda.
Se sienta cerca de la caja.
Y cada vez que me ve me toma las manos.
—Gracias por ayudar a mi hijo.
Siempre le respondo lo mismo.
—Fue él quien se ayudó solo.
Yo solo abrí una puerta.
Porque la verdad es que Elías ya traía todo lo necesario dentro de él.