PARTE 1
—Una mujer que no puede darte hijos es tierra estéril, Mauricio. Agradece que Valeria tuvo la dignidad de hacerse a un lado.
Teresa Cárdenas pronunció aquellas palabras frente a casi cien invitados, en medio del salón de un hotel de Polanco, mientras sujetaba a Valeria del brazo como si estuviera exhibiendo una mercancía defectuosa.
Mauricio, el hombre con quien Valeria había compartido ocho años de su vida, no dijo nada.
A su lado, su nueva esposa, Renata, hija del dueño de la empresa donde él trabajaba, bajó los ojos tratando de ocultar una sonrisa incómoda.
Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.
Un año antes, un médico le había asegurado que sufría infertilidad primaria y que sus posibilidades de embarazarse eran prácticamente nulas. Mauricio había llorado con ella aquella tarde. Dos semanas después comenzó a distanciarse. Tres meses más tarde terminó la relación.
Ahora estaba casándose con otra.
—Te deseo una casa llena de niños —respondió Valeria, retirando lentamente su brazo de la mano de Teresa—. Pero jamás vuelvas a hablar de mi cuerpo como si te perteneciera.
Salió del hotel sin llorar.
Trabajaba como restauradora en un instituto de conservación histórica de la Ciudad de México. Esa tarde regresó al taller y se encerró entre pergaminos, pinceles y documentos antiguos.