En la primera, aparecemos con las rodillas llenas de arena y dos enormes sonrisas.
En la segunda, tenemos el cabello plateado y los rostros marcados por los años. El océano se extiende detrás de nosotras.
A veces, cuando miro ambas fotografías, recuerdo que una amistad de cuarenta y dos años puede contener amor verdadero y errores terribles al mismo tiempo.
Y he aprendido algo que me habría gustado comprender mucho antes:
La confianza no consiste en creer que alguien nunca te hará daño. Consiste en saber que, cuando la verdad salga a la luz, esa persona tendrá el valor de afrontarla contigo.
Robert me dejó preguntas que nunca podré hacerle.
Susan me dejó heridas que todavía estoy aprendiendo a sanar.
Y Emily me dio la oportunidad de conocer una parte de mi marido que había permanecido oculta durante demasiado tiempo.
No recuperé la vida que creía tener.