Aquella noche apenas dormí.
Susan estaba en la habitación contigua, pero podía escucharla caminar de un lado a otro. En varias ocasiones oí cómo abría un cajón y volvía a cerrarlo.
A las tres de la madrugada, me levanté y me acerqué a la ventana.
El océano estaba oscuro. Las olas rompían contra la orilla y la luz del faro aparecía y desaparecía a lo lejos.
Pensé en Robert.
En sus manos entrelazadas con las mías durante nuestras caminatas matutinas. En su costumbre de dejarme una taza de café junto a la cama. En aquella manera suya de decir mi nombre cuando quería que supiera que me estaba escuchando de verdad.
Y pensé en Susan.
¿Había sido mi amiga durante cuarenta y dos años mientras me ocultaba algo relacionado con el hombre al que yo había amado durante casi toda mi vida adulta?