Hizo una pausa.
—No sé si eso dice más de mí que cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida.
Zara lo observó con atención.
Ya no parecía el hombre que había levantado el periódico para ignorarla.
Parecía alguien que acababa de descubrir una parte desagradable de sí mismo.
—Puede llamar a su hija cuando aterricemos —dijo ella—. Quizá le alegre saber de usted.
Richard esbozó una sonrisa triste.
—Quizá lo haga.
Y lo hizo.
Durante el resto del vuelo, Zara lo vio hablar por teléfono con su hija cuando las normas del vuelo lo permitieron. No pudo escuchar la conversación, pero sí observó cómo su rostro se suavizaba.
Por primera vez en mucho tiempo, Richard Bennett no parecía estar negociando nada.
Simplemente estaba escuchando.
PARTE 6: La sorpresa al aterrizar
Cuando el avión aterrizó en Londres, Zara encendió su teléfono.