«La verdadera educación de una persona no se demuestra por cómo trata a quienes pueden hacerle un favor, sino por cómo trata a quienes cree que no pueden ofrecerle nada».
Zara nunca había entendido del todo aquella frase.
Hasta aquel día.
Al otro lado del pasillo, Richard había dejado el periódico sobre la mesa.
Ya no lo leía.
Miraba por la ventanilla con expresión ausente.
Cuando el avión alcanzó la altitud de crucero, se desabrochó el cinturón y se volvió hacia ella.
—Zara.
Ella levantó la mirada.
—Quería decirte algo más.
Esperó.
—Tengo una hija de tu edad. Vive con su madre en Boston. Últimamente apenas hablamos. Siempre estoy trabajando y, cuando me llama, muchas veces le digo que estoy ocupado.
Zara no supo qué responder.
Richard continuó:
—Creo que, cuando te vi subir al avión, decidí quién eras antes de darte la oportunidad de hablar. Supuse que alguien se había equivocado y que yo tenía más derecho a estar ahí que tú.