Creí que mi madre lloraría al verme libre, pero permitió que mi cuñada me humillara con alcohol y dijera: “Aquí no entra la mala suerte”; yo no respondí, solo miré mi habitación vaciada y preparé la prueba que pondría a todos de rodillas.

PARTE 1

—No voy a vivir bajo el mismo techo que una exconvicta —escuché decir a Lucía, mi cuñada, justo detrás de la puerta de la casa que yo había soñado volver a pisar durante dos años.

Me quedé inmóvil en la banqueta, con la mano sobre la maleta y el corazón golpeándome como si quisiera salirse de mi pecho.

Adentro, mi mamá, Carmen, hablaba en voz baja, pero no lo suficiente para que yo no la oyera.

—Es por el bien de todos. Si Isabela regresa, va a querer reclamar su parte de la casa. Con antecedentes penales nadie la va a contratar, nadie se va a casar con ella, y al final se nos va a quedar aquí metida.

Lucía soltó una risa seca.

—Pues que rente un cuarto en otro lado. Yo estoy embarazada, necesito paz, no una criminal rondando por la sala.

Sentí que me arrancaban algo por dentro.

Esa casa en Iztapalapa no era lujosa, pero yo había pagado buena parte de ella con años de trabajo en una tienda de telas en el Centro Histórico. Antes de ir a prisión, mi papá decía que yo era “la hija que sostenía la familia”. Mi mamá me preparaba café de olla cada domingo y me llamaba “mi niña fuerte”. Mi hermano Diego lloró abrazado a mí la noche en que me pidió que cargara con su culpa.

Y ahora, detrás de esa puerta, todos hablaban de mí como si fuera una enfermedad.

Respiré hondo y toqué el timbre.

Mi mamá abrió. Al verme, abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.

—¡Isabela! Hija… ya regresaste.

Me abrazó apenas, con los brazos rígidos. Después me miró de pies a cabeza.

—Estás muy flaca. Pobrecita, seguro sufriste mucho allá.

Si no hubiera escuchado lo que acababa de decir, tal vez le habría creído.

—Estoy bien, mamá —respondí, tragándome el nudo en la garganta—. Vine directo de Santa Martha.

Apenas entré, Lucía apareció con una botella de alcohol en la mano. Sin saludarme, me roció desde los hombros hasta los zapatos.

—No te ofendas —dijo, vaciando casi toda la botella—. Es para limpiar las malas vibras. Ya sabes, por donde estuviste.

El olor me quemó la nariz. Diego, parado junto al pasillo, no dijo nada. Mi papá, Roberto, ni siquiera se levantó del sillón; siguió mirando la televisión como si mi regreso fuera una molestia.

—Voy a dejar mis cosas en mi cuarto —dije.

Caminé hasta la habitación donde había dormido desde niña. Al abrir la puerta, se me heló la sangre.

Mi cama ya no estaba. Mis libros, mis fotos, mis cajas con recuerdos, la máquina de coser que había comprado con mi primer sueldo… todo había desaparecido. En su lugar había bolsas de ropa vieja, cajas de pañales, una carriola nueva y muebles rotos.

—¿Qué pasó aquí? —pregunté, mirando a mi mamá.

Carmen bajó los ojos.

—Hija, pasaron dos años. La casa es chica. Lucía necesita espacio para las cosas del bebé.

—¿Y mis cosas?

Mi papá apagó el cigarro en un plato.

—Ya no las necesitabas. No íbamos a tener un museo de alguien que estaba en la cárcel.

Esa frase me dolió más que cualquier noche encerrada.

—¿Dónde voy a dormir entonces?

Mi mamá sacó dos billetes de cien pesos y los dejó sobre la mesa.

—Busca un hotel barato por unos días. Ya eres grande, Isabela.

Miré a Diego. Él evitó mis ojos.

—¿Tú también piensas eso?

Por un segundo, pareció incómodo.

—Eres mi hermana —murmuró—. Claro que te quiero ayudar.

Sentí un pequeño alivio.

Pero Lucía se cruzó de brazos y lo miró con furia.

—Diego, no empieces. Esta casa ya está a tu nombre. Tu hermana tiene treinta años. No puede venir a meterse aquí como si nada.

Entonces entendí.