No solo querían que me fuera. Ya habían cambiado la casa de nombre para borrarme antes de que yo llegara.
Y mientras todos guardaban silencio, comprendí que el verdadero juicio apenas comenzaba.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
—¿De verdad me van a echar? —pregunté, sintiendo que la voz se me quebraba—. ¿Después de todo lo que hice por ustedes?
Lucía se acarició el vientre de cinco meses y me miró con desprecio.
—No te hagas la víctima. Tú fuiste a la cárcel porque quisiste.
Me reí sin ganas. Una risa amarga, rota.
—¿Porque quise? Diego iba manejando mi coche en sentido contrario sobre Calzada de Tlalpan. Tú ibas con él. Iban borrachos después de una fiesta. Atropellaron a un hombre y huyeron. ¿Ya se les olvidó?
Diego palideció.
—Cállate, Isabela.
—No. Dos años me callé. Dos años dije que yo iba manejando porque ustedes me rogaron de rodillas.
Mi mamá empezó a llorar, pero no por mí. Lloraba porque la verdad estaba entrando en la sala como un cuchillo.
—Hija, Diego tenía problemas del corazón —dijo—. Si entraba a prisión, se moría. Además, él recién se había casado. Tú estabas soltera, eras fuerte…
—¿Fuerte? —la interrumpí—. Vendí mi coche para pagar parte de la indemnización. Perdí mi trabajo. Perdí mi nombre. Perdí dos años de mi vida.
Roberto se levantó por fin.
—Ya basta. No nos vengas a cobrar favores. La familia también sufrió por tu culpa. Los vecinos hablaban, en el mercado nos señalaban. Tener una hija presa no es cualquier cosa.
Ahí lo vi claro. Yo no era su hija. Era su vergüenza.
—El que mató a ese hombre fue Diego.
Mi hermano apretó los puños.
—Yo ya te di las gracias. ¿Qué más quieres? ¿Que me arruine la vida ahora que voy a ser papá?
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
—Quería una familia.
Nadie respondió.
Lucía tomó los doscientos pesos de la mesa y me los empujó con dos dedos.
—Toma. Para que no digas que somos malos. Y no regreses a hacer escándalos. Las embarazadas no debemos pasar corajes.