Hubo un silencio.
Entonces escuché la voz de Arturo al fondo.
—¡Dile que no puede dejarnos así! ¡La familia tiene que cumplir sus compromisos!
Le respondí lo bastante alto para que pudiera oírme:
—Arturo, si tienes un compromiso económico, debes resolverlo con la persona que lo asumió. Yo no he firmado ningún contrato contigo.
Él tomó el teléfono.
—Mira, Sofía, no quiero problemas. Solo necesitamos que nos prestes el departamento durante un año. Después podemos ver cómo arreglamos las cosas.
—No.
—¿Cómo que no?
—No voy a prestarles mi casa.
—¡Pero eres abogada! Sabes que esto no es justo.
Sonreí sin alegría.
—Precisamente porque soy abogada sé que una propiedad no se transfiere porque alguien la necesite o porque otra persona haya prometido regalarla.
Arturo colgó.
Aquella noche cené un sándwich sentada sobre una caja que todavía no había abierto.