Dentro de la caja había una bufanda de lana azul oscuro, cuidadosamente doblada, una fotografía antigua y un sobre amarillento con mi nombre escrito a mano.
Pero lo que me hizo romper a llorar no fue ninguno de aquellos objetos.
Fue una pequeña bolsa de papel, tan deteriorada que parecía a punto de deshacerse. Dentro había un billete de diez dólares de 1998, protegido entre dos hojas de plástico transparente.
Me llevé una mano a la boca.
Recordaba aquella noche. Recordaba la lluvia, el toldo oxidado y los dedos temblorosos de un hombre que apenas podía sostener el dinero que le había entregado.
Y recordaba, sobre todo, la manera en que me había mirado.
Como si, durante aquellos treinta segundos, yo hubiera sido la única persona que lo veía.
—¿Qué significa esto? —pregunté con la voz quebrada.
El abogado, un hombre de unos cincuenta años llamado Richard Collins, se sentó frente a mí. No parecía tener prisa. Había dejado su teléfono apagado sobre la mesa y mantenía las manos entrelazadas, como si hubiera ensayado aquella conversación muchas veces.