Daniela dejó de llorar.
Pero lo que ninguno de ellos esperaba era que yo sacara un segundo documento.
Una carta firmada por mi abuela Carmen tres años antes de morir.
—¿Recuerdan cuando la abuela vendió su pequeña casa en Coyoacán? —pregunté.
Mi padre levantó la mirada.
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Mucho. La abuela me prestó dinero para completar el enganche. No fue un regalo. Firmamos un contrato de préstamo y yo se lo devolví en su totalidad antes de que falleciera. Ella insistió en que guardara todos los comprobantes porque sabía que algún día podría necesitarlos.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Y por qué nunca nos contaste eso?
—Porque era un asunto entre mi abuela y yo.
La verdad era que mi abuela había visto mucho antes que yo cómo funcionaban las cosas en aquella casa.