Pensé en los cinco años durante los cuales había ahorrado, en las veces que había renunciado a pequeños placeres y en todas las ocasiones en que había sentido que mis esfuerzos no eran suficientes.
Y comprendí algo.
El departamento nunca había sido solamente una propiedad.
Era la prueba de que podía construir una vida propia, incluso cuando las personas que más quería esperaban que pusiera la suya al servicio de los demás.
No necesitaba demostrar que era una buena hija regalando mi patrimonio.
No necesitaba demostrar que era una buena hermana resolviendo cada problema de Daniela.
Y tampoco necesitaba dejar de querer a mis padres para aprender a decirles que no.
A veces, el acto más difícil de amor propio no es marcharse de una casa, sino dejar de aceptar el papel que otros han decidido que debes desempeñar en ella.