Porque algunas personas no dejan de formar parte de nuestra vida cuando mueren.
Se quedan en las cosas que aprendimos de ellas.
En las palabras que repetimos.
En las pequeñas decisiones que tomamos de forma diferente gracias a su presencia.
Y en los desconocidos a quienes tratamos con más ternura porque alguna vez conocimos a alguien que necesitaba exactamente eso.
Eleanor tuvo setenta años para desear ser novia y solo unas semanas para disfrutarlo. Pero aquellas semanas le dieron un recuerdo que llevó consigo hasta el final.
Y yo tuve la suerte de aprender que el amor no siempre consiste en prometerle a alguien una vida entera.
A veces consiste en regalarle una tarde inolvidable.
En escuchar un deseo que nadie más considera importante.
En sostener una mano.
En permanecer sentado junto a una cama cuando el resto del mundo tiene demasiada prisa.