Un hombre que deseaba viajar a su ciudad natal terminó pidiendo que alguien le preparara la sopa que su madre cocinaba cuando él era niño.
Y una paciente que había dicho que no necesitaba nada pidió, después de varias semanas de conversaciones, que alguien se sentara a su lado durante una tarde sin mirar el reloj.
Aquello me hizo comprender que la soledad no siempre consiste en no tener personas alrededor.
A veces consiste en sentir que nadie tiene tiempo para escucharte.
Por eso, cada vez que conocía a alguien nuevo, comenzaba con la misma pregunta:
—¿Hay algo que siempre hayas querido hacer y que nunca hayas tenido la oportunidad de cumplir?
Algunos se reían.
Otros se quedaban pensando.
Y algunos comenzaban a llorar.
Pero todos entendían que la pregunta era sincera.
No prometía milagros.