—Y ella me enseñó que no debemos esperar hasta que alguien esté a punto de marcharse para preguntarle qué desea de verdad.
La sala quedó en silencio.
Después alguien empezó a aplaudir.
Pronto se unieron los demás.
Yo regresé a mi asiento con los ojos llenos de lágrimas.
Pero, por primera vez desde el funeral, no lloraba únicamente por lo que había perdido.
Lloraba porque había comprendido lo que Eleanor me había dejado.
No era una alianza.
No era una fotografía.
Ni siquiera era una carta.
Era una manera distinta de mirar a las personas.
## Capítulo 5. Una promesa para todos los que creen que ya es demasiado tarde
Con el paso de los meses, el fondo de Eleanor comenzó a ayudar a más personas.
Una mujer de ochenta y dos años pudo visitar la playa donde había pasado su luna de miel, décadas atrás, antes de que la enfermedad le impidiera viajar.