PARTE 2
Corrí al tocador con las manos temblando.
Abrí el cajón más profundo.
El que casi nunca abría.
Porque dentro estaba el dolor más grande de mi vida.
El medallón de oro estaba frío contra mi palma.
Lo había guardado durante veinte años.
Desde el día que mi madre desapareció.
Mi madre biológica.
La mujer que me abandonó cuando yo tenía apenas seis años.
O al menos, eso es lo que siempre me dijeron.
Mi padre adoptivo, don Ricardo, me encontró sola en un parque de la Ciudad de México. Llorando. Sin saber dónde estaba. Sin saber qué le había pasado a su mamá.
Él y su esposa, doña Carmen, me adoptaron.
Me dieron todo.
Educación.
Amor.
Oportunidades.
Pero nunca pude olvidar a mi madre biológica.
La mujer que me dejó sola.
La mujer que nunca regresó.
La mujer de la que solo conservaba este medallón.
El que ella me había puesto al cuello el día que me dejó en el parque.
Con una nota que decía:
“Perdóname, mi niña. Algún día entenderás.”
Abrí el medallón.
Dentro había una foto diminuta.
De una mujer joven.
Con una marca de nacimiento en forma de media luna en el hombro derecho.
La misma marca.
La misma forma.
La misma ubicación exacta.
Miré hacia la bañera.
Lucy seguía allí.
Con el agua ahora completamente oscura.
Con los ojos cerrados.
Con el cabello enredado cayendo sobre sus hombros.
Y yo…
Yo sentí que el mundo se derrumbaba.
PARTE 3
Me arrodillé junto a la bañera.
Con el medallón en la mano.
—Lucy… —susurré.
Ella abrió los ojos lentamente.
Me miró.
Y por primera vez…
La vi de verdad.
No como una anciana sin hogar.
No como alguien desagradable.
Sino como una mujer.
Con ojos cansados.
Con arrugas profundas.
Con una vida entera de dolor escrita en su rostro.
—¿Qué pasa, señora? —preguntó con voz suave.
Le mostré el medallón.
Abierto.
Con la foto visible.
Lucy lo miró.
Y algo cambió en su rostro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Sus labios temblaron.
Y con una voz que apenas era un susurro, dijo:
—¿Dónde… dónde conseguiste eso?
—Mi madre me lo dio —respondí, con la voz quebrada—. Hace veinte años. Antes de desaparecer.
Lucy cerró los ojos.
Las lágrimas caían por sus mejillas sucias.
—Mariana… —susurró.
Mi corazón se detuvo.
—¿Cómo… cómo sabes mi nombre?
Ella abrió los ojos.
Me miró.
Y sonrió.
Una sonrisa rota.
Dolorosa.
Hermosa.
—Porque yo soy tu madre, mi niña.
PARTE 4
El mundo se detuvo.
Me quedé de rodillas junto a la bañera.
Con el medallón apretado contra mi pecho.
Llorando.
Sin poder respirar.
—No… no es posible —susurré—. Mi madre me abandonó. Me dejó en un parque. Nunca regresó.
Lucy negó con la cabeza.
—No te abandoné, mi amor. Nunca te abandoné.
—Entonces… ¿qué pasó?
Ella cerró los ojos otra vez.
Y empezó a hablar.
—Cuando tenías seis años, tu padre biológico… el hombre que me golpeaba… me dijo que si no te dejaba, nos mataría a las dos.
Sentí que el aire me faltaba.
—Me siguió esa semana. Me amenazó. Me dijo que si iba a la policía, él te haría daño. Que te lastimaría. Que…
No pudo terminar la frase.
—Así que una mañana, te llevé al parque. Te puse el medallón. Te dije que esperaras. Y me fui.
—¿Y por qué nunca regresaste?
—Porque él me encontró. Me golpeó. Me dejó casi muerta en un callejón. Cuando desperté… no sabía quién era. No sabía dónde estaba. No sabía que tenía una hija.
Las lágrimas caían sin control.
—Perdí la memoria, Mariana. Completamente. Durante años no supe ni mi nombre. Viví en la calle. En albergues. En parques. Sin recordar nada.
—¿Y ahora? ¿Por qué ahora?
—Hace tres meses, me golpeé la cabeza en un accidente. Y de repente… todo regresó. Tu nombre. Tu rostro. El parque. El medallón.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Te busqué, mi niña. Durante semanas. Pero no sabía dónde vivías. No sabía que don Ricardo te había adoptado. No sabía que eras… que eras esta mujer.
Me tapé la boca.
—Alejandro… —susurré—. ¿Él lo sabía?
Lucy asintió.
—Él me encontró en el comedor social. Cuando le dije mi nombre… cuando le hablé de ti… él investigó. Encontró los registros de adopción. Y me trajo aquí.
—¿Por qué no me dijo?
—Porque quería que tú la descubrieras. Que la vieras. Que la tocaras. Que la conocieras antes de saber la verdad.
PARTE 5
Me quedé en el suelo del baño.
Llorando.
Abrazando el medallón.
Mientras mi madre…
Mi madre…
Seguía en la bañera.
Esperando.
Con paciencia.
Como si hubiera aprendido a esperar toda la vida.
Finalmente, me levanté.
Me quité los guantes de goma.
Los tiré.
Y metí las manos en el agua.