PARTE 2
Las primeras semanas fueron las más difíciles.
Cada mañana, miraba el teléfono.
Esperaba que sonara.
Esperaba ver el nombre de mi hija en la pantalla.
Esperaba un mensaje, una llamada, cualquier cosa.
Pero nada.
Pasaron dos semanas.
Luego un mes.
Luego dos.
Mi nieto cumplió ocho años.
No me invitaron a la fiesta.
Mi hija me mandó un mensaje con fotos.
“Mira qué lindo estuvo todo. Lucas quedó feliz.”
Sonreí.
Pero por dentro, algo se rompió otra vez.
No porque no me hubieran invitado.
Sino porque entendí que, si no hubiera tomado esa decisión, habría ido igual.
Habría sonreído.
Habría fingido que todo estaba bien.
Habría sido el abuelo que sobra.
Y eso…
Eso ya no iba a pasarme nunca más.
PARTE 3
Empecé a llenar mis días.
No para olvidar.
Sino para vivir.
Por las mañanas caminaba por el parque.
Conocí a Roberto, un viudo que también caminaba solo.
Empezamos a tomar café juntos.
A hablar de nuestras vidas.
De nuestros hijos.
De nuestras ausencias.
Él me dijo algo que nunca olvidé:
—Los hijos no nos pertenecen. Nos fueron prestados. Y cuando crecen, vuelven a sus propias vidas. Nosotros… nosotros tenemos que aprender a vivir con el eco de sus risas.
Lloré esa tarde.
Pero no de tristeza.
De entendimiento.
Empecé a tocar la guitarra otra vez.
En el parque.
Para nadie.
Solo para mí.
Un día, una señora mayor se acercó.
—Toca muy bien —me dijo—. ¿Hace mucho que no tocaba?
—Años —respondí.
—Se nota que lo extrañaba.
Sonreí.
—Sí. A él y a otras cosas.
Ella se llamaba Marta.
Tenía mi edad.
También era viuda.
También tenía hijos que vivían lejos.
Empezamos a vernos.
No todos los días.
Solo cuando los dos queríamos.
Sin obligaciones.
Sin culpas.
Solo compañía.
PARTE 4
Tres meses después de aquella noche lluviosa, mi teléfono sonó.
Era mi hija.
—Papá… ¿estás bien?
—Estoy bien, hija. ¿Y tú?
—Bien. Oye… hace mucho que no nos vemos.
—Sí. Hace mucho.
Hubo un silencio.
—¿Podemos vernos este fin de semana?
Pensé.
Pensé en aquella noche.
En cómo me sentí cuando toqué la puerta.
En cómo me sentí cuando me fui.
—Claro —dije—. Pero esta vez, quiero que me invites formalmente.
—¿Cómo?