Esa mujer nunca dejó de existir.
Solo necesitaba que alguien la mirara.
Con todo mi cariño,
Eleanor.
Cuando terminé de leer, tuve que cubrirme el rostro con las manos.
Había conocido a cientos de pacientes durante mi trabajo.
Había visto personas recuperarse, empeorar y despedirse de sus familias.
Creía comprender lo que significaba acompañar a alguien hasta el final.
Pero Eleanor me había enseñado algo que no aparecía en ningún manual de medicina ni en ningún protocolo del hospicio.
A veces, las personas no necesitan que les devolvamos la salud.
Necesitan que les devolvamos la oportunidad de vivir algo que creían que ya no les correspondía.
Y yo había tenido la suerte de poder hacerlo por ella.
Sin embargo, todavía quedaba una parte de la historia que no comprendía.