—Voy a recordarle a mi prometida quién es el verdadero dueño de esta casa —respondí.
Héctor me siguió sin hacer preguntas.
Mientras caminaba hacia la sala, escuché la voz de Renata amenazando nuevamente a Marisol.
—Tienes diez minutos para recoger tus cosas. Alejandro te despedirá cuando regrese.
Entonces aparecí en la puerta.
—No tendrás que esperar tanto.
Renata se quedó inmóvil.
Su teléfono casi cayó al suelo.
—¡Alejandro! ¿Qué haces aquí? ¡Pensé que estabas en Canadá!
La miré directamente.
—Eso era lo que necesitaba que creyeras.
Valeria corrió hacia mí.
—¡Papá!
La abracé con fuerza.
Sofía llegó detrás, llorando.
—Renata dijo que nos mandarías lejos si nos portábamos mal.
Sentí que el corazón se me rompía.
Me arrodillé frente a mis hijas.
—Escúchenme bien. Nadie va a separarnos. Nunca.
Renata intentó intervenir.
—Alejandro, las niñas están exagerando.