apítulo 2: El objeto que hizo llorar al guardia

—No puede ser —murmuró—. Usted…

Su voz se quebró.

De repente, el hombre que minutos antes había sujetado violentamente a una anciana comenzó a llorar.

No fueron unas lágrimas discretas. Se llevó una mano a la boca, bajó la cabeza y empezó a sollozar con tanta fuerza que varios de los presentes dejaron de grabar.

—Dios mío… —susurró—. ¿Es usted la señorita Elena?

Mi madre cerró los ojos.

—Sí, hijo. Soy yo.

El supermercado quedó en silencio.

El guardia cayó de rodillas frente a ella.

—¡Perdóneme! ¡Por favor, perdóneme!

Yo me quedé paralizada.

Hacía apenas unos minutos aquel hombre había llamado ladrona a mi madre, la había lastimado y había humillado a una mujer que había dedicado toda su vida a enseñar a los demás.

Ahora lloraba frente a ella como un niño perdido.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, incapaz de contenerme—. ¿Por qué la conoce?

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