—Mamá —le pregunté—, ¿por qué nunca me contaste lo que hiciste por aquel niño?
Ella miró por la ventanilla durante unos segundos.
—Porque no lo hice para que alguien me lo agradeciera, cariño. Lo hice porque tenía hambre y necesitaba que un adulto creyera en él.
Le tomé la mano.
—¿Y cómo supiste que algún día cambiaría?
Mi madre sonrió.
—No lo sabía. Pero enseñar no consiste en adivinar quién tendrá éxito. Consiste en darle a cada niño una oportunidad de descubrir quién puede llegar a ser.
Arranqué el automóvil, pero antes de salir del estacionamiento vi que mi madre volvía a guardar la pequeña bolsa de tela azul en su bolsillo.
—¿Por qué llevabas esa fotografía hoy? —pregunté.
Ella acarició la bolsa.
—Hoy se cumplen sesenta y nueve años desde que aquel niño terminó la escuela. Cada año, en esta fecha, saco su insignia y recuerdo que, incluso cuando el mundo parece haber olvidado a alguien, una sola persona puede cambiar su historia.