Me llamo Elena. Y aquella noche, cuando abrí la puerta de mi casa y vi a un policía bajo la luz del porche, pensé que alguno de mis hijos había tenido un accidente.
No se me ocurrió ninguna otra explicación.
—¿Es usted Elena Morales? —preguntó.
Asentí, incapaz de hablar.
El agente tenía unos cuarenta años. Su expresión era seria, pero no parecía tener prisa por darme una noticia terrible.
—Señora, necesito que lea esto. Me pidieron que se lo entregara personalmente.
Me tendió un sobre blanco.
Mi nombre estaba escrito a mano.
Lo reconocí inmediatamente.
Era la letra de mi hija mayor, Sarah.
Sentí que las rodillas me flaqueaban.
—¿Sarah está bien? —pregunté—. ¿Le ha pasado algo?
El policía me miró con cierta compasión.
—Hasta donde sabemos, sí. No puedo responder por ella en este momento. Lo mejor es que lea la nota.
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