La secretaria de mi esposo se atrevió a impedirme entrar a su fiesta de celebración. Le di una bofetada… y el presidente del grupo casi se desmaya al verme
PARTE 2
Durante unos segundos, nadie respiró.
El salón Diamante, que minutos antes estaba lleno de brindis, risas y elogios al “genio empresarial” de Daniel Whitman, quedó sumido en un silencio tan espeso que hasta el tintinear de una copa sobre la mesa sonó como un trueno.
Daniel me miraba fijamente.
Sus labios se movieron, pero no logró pronunciar palabra.
Vanessa, en cambio, seguía con una mano sobre su mejilla, roja de humillación y rabia. Sus ojos iban de Arthur Bennett a mí, incapaces de comprender lo que acababa de ocurrir.
—¿Señorita… Harrington? —balbuceó finalmente.
Yo no le respondí.
Ni siquiera la miré.
Arthur Bennett seguía inclinado frente a mí. Su respeto no era actuación. Lo conocía desde que yo tenía dieciséis años. Había trabajado con mi padre durante más de dos décadas y, aunque ahora dirigía Sterling Group en la costa oeste, seguía siendo uno de los hombres más leales a nuestra familia.
—Arthur —dije con calma—, no hacía falta tanta ceremonia.
Él se enderezó, pero mantuvo una expresión seria.
—Para usted, siempre hace falta, señorita.
Aquellas palabras fueron como otra bofetada, pero esta vez no para Vanessa.
Para Daniel.
Mi esposo tragó saliva.
—Señor Bennett… ¿ustedes se conocen?
Arthur giró lentamente la cabeza hacia él.
La mirada que le dedicó fue fría.
—Señor Whitman, permítame corregir algo. Usted no está hablando con “una ama de casa”. Está hablando con Emily Harrington, hija única del señor Richard Harrington y heredera directa del Grupo Harrington.
Un murmullo recorrió el salón.
Algunos ejecutivos dejaron sus copas sobre la mesa. Otros sacaron mentalmente cuentas imposibles.
Grupo Harrington.
Ese apellido no necesitaba presentación.
Era el nombre detrás de bancos, fondos de inversión, hoteles, compañías tecnológicas, hospitales privados y proyectos inmobiliarios en varios países. Era un apellido que abría puertas antes de tocar el timbre.
Y Daniel, el gran Daniel Whitman, había pasado tres años tratando a la heredera Harrington como si fuera una esposa mantenida sin valor.
Vanessa dio un paso atrás.
—Eso… eso no puede ser —murmuró—. Ella cocina. Ella limpia. Daniel dijo que…
Me giré hacia ella por primera vez.
—¿Daniel dijo qué?
Vanessa se quedó rígida.
Daniel reaccionó al instante.
—Emily, esto es un malentendido.
Su tono cambió tan rápido que casi me provocó risa.
La rabia había desaparecido.
Ahora su voz era suave, cautelosa, incluso afectuosa.
La misma voz que usaba cuando quería convencerme de que yo estaba exagerando. La misma voz con la que me pedía perdón después de llegar borracho a las tres de la mañana. La misma voz con la que me decía: “No seas sensible, amor. Solo es trabajo”.
—Emily —repitió, acercándose—, no hagas esto aquí. Hay clientes importantes. Vamos a casa y hablamos.
Di un paso atrás antes de que pudiera tocarme.