Antes de abandonar el despacho, vi un sobre amarillo debajo de unos documentos. En la esquina estaba escrito el nombre de un abogado: Richard Coleman.
No sabía quién era aquel hombre, pero algo me decía que su nombre era importante.
Saqué mi teléfono y fotografié las páginas que pude sin mover demasiado los papeles. Después volví al salón, me senté en el sofá y fingí estar leyendo una revista.
Unos minutos más tarde, Daniel apareció.
—¿Todavía despierta, cariño?
—No podía dormir.
Me observó durante unos segundos y luego miró la taza que había dejado sobre la mesa.
—No terminaste tu bebida.
—Te dije que no me encontraba bien.
Su mandíbula se tensó.
—Mañana hablaremos de eso.
Subió las escaleras sin darme un beso de buenas noches.
Cuando escuché cerrarse la puerta de nuestro dormitorio, sentí que por fin podía respirar.