Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

El sol iluminaba las flores, y por primera vez en mucho tiempo podía escuchar el canto de los pájaros sin sobresaltarme cada vez que sonaba un teléfono.

Había recuperado mi rutina, mis amistades y la confianza para tomar mis propias decisiones.

Una tarde recibí una carta de Daniel.

La abrí con cautela.

En ella decía que lamentaba lo sucedido, que había cometido errores y que esperaba que algún día pudiera perdonarlo.

Leí la carta dos veces.

Después la guardé en un cajón.

No necesitaba responder.

Durante mucho tiempo había creído que, a los sesenta y cuatro años, encontrar un hombre joven que me amara era una segunda oportunidad que no debía desperdiciar. Por eso ignoré las dudas, disculpé las señales preocupantes y acepté explicaciones que nunca me convencieron del todo.

Ahora sabía que la edad no me obligaba a conformarme con una relación en la que no me sentía segura.

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