El sol iluminaba las flores, y por primera vez en mucho tiempo podía escuchar el canto de los pájaros sin sobresaltarme cada vez que sonaba un teléfono.
Había recuperado mi rutina, mis amistades y la confianza para tomar mis propias decisiones.
Una tarde recibí una carta de Daniel.
La abrí con cautela.
En ella decía que lamentaba lo sucedido, que había cometido errores y que esperaba que algún día pudiera perdonarlo.
Leí la carta dos veces.
Después la guardé en un cajón.
No necesitaba responder.
Durante mucho tiempo había creído que, a los sesenta y cuatro años, encontrar un hombre joven que me amara era una segunda oportunidad que no debía desperdiciar. Por eso ignoré las dudas, disculpé las señales preocupantes y acepté explicaciones que nunca me convencieron del todo.
Ahora sabía que la edad no me obligaba a conformarme con una relación en la que no me sentía segura.