Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

Aquella misma noche, mientras Daniel dormía, envié las fotografías a Helen y le pedí que me ayudara a encontrar un abogado independiente. No quería utilizar a nadie que él conociera.

A la mañana siguiente, Helen me acompañó a un despacho situado en el centro de la ciudad.

El abogado que nos recibió se llamaba Samuel Brooks. Tenía unos cincuenta años, hablaba con calma y, después de escuchar mi historia, no intentó tranquilizarme con promesas vacías.

—Señora Bennett, necesitamos separar los hechos de las sospechas —me explicó—. Primero, debe proteger su salud. Segundo, debemos averiguar si alguien ha utilizado su identidad o ha preparado documentos sin su consentimiento.

Le mostré las fotografías.

Samuel estudió la primera página y después amplió la imagen del documento donde aparecía la fecha.

Su expresión cambió.

—¿Usted firmó algún poder notarial después de casarse?

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