Leticia abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Yo salí.
Y aquella noche dormí en un hotel, con una maleta a mis pies y una certeza que nunca antes había sentido con tanta claridad:
No iba a perder mi casa solo porque alguien hubiera decidido que yo ya no tenía derecho a entrar.
Pero todavía no sabía que el problema era mucho más grande que Héctor.
Y que mi madre llevaba semanas ocultándome algo.
2. La llamada que cambió todo
A las ocho y cuarto de la mañana siguiente, estaba sentado frente a la abogada Mariana Salgado.
Sobre su escritorio había una copia certificada de las escrituras, el expediente de la compraventa y varios documentos que yo había firmado cinco años atrás.
Mariana revisó cada página.
Después levantó la vista.
—Daniel, la escritura identifica a tu nombre como propietario. También he revisado la documentación que tenemos sobre la compraventa y no encuentro indicios de que hayas transferido la propiedad a tu madre ni a su esposo.