Entré en mi despacho y cerré la puerta con tanta fuerza que los cristales de la biblioteca vibraron.
No podía dejar de escuchar las palabras de aquella niña.
«Usted le prometió a mi mamá que hoy le pagarían… ¿entonces por qué le mintió?»
Durante años había creído que el éxito consistía en construir una empresa sólida, adquirir propiedades, cerrar grandes negocios y asegurar el futuro de mi familia. Mi nombre aparecía en revistas financieras y mis socios me consideraban un hombre incapaz de pasar por alto un solo peso.
Sin embargo, en mi propia casa, una mujer llevaba tres meses trabajando sin recibir un salario.
Y alguien había utilizado mi nombre para engañarla.
Tomé el teléfono y marqué el número de Ricardo Salazar, el administrador de la residencia.
—Señor, qué sorpresa recibir su llamada a estas horas —contestó con una tranquilidad que me resultó irritante.