Ahora entendía que su decisión de cambiar no podía depender de lo que yo estuviera dispuesto a sacrificar.
—Mamá, puedo quererte y seguir poniendo límites.
—Lo sé.
—Puedo ayudarte a buscar asesoría y acompañarte si lo necesitas. Pero no puedo resolver tu matrimonio por ti.
Ella asintió.
—No te lo voy a pedir.
Aquella fue la primera vez que escuché a mi madre decir algo así.
Nos despedimos con un abrazo.
No fue el abrazo de una familia que había solucionado todos sus problemas.
Fue el abrazo de dos personas que empezaban a comprender cuánto daño se habían hecho y cuánto trabajo quedaba por delante.
10. Seis meses después: el verdadero final
Seis meses después de aquella noche en que encontré mis pertenencias en una bodega, volví a dormir en mi propia casa.
Al principio, me resultó extraño.