Mi madre bajó la mirada.
—Al principio me convencí de que, como era tu madre, tenía derecho a sentirla como mía. Después dejé que él me convenciera de que tú debías apartarte para que nosotros pudiéramos empezar una nueva etapa.
Se secó una lágrima.
—Me avergüenza admitirlo, hijo. Pero cuando te vi sacar tus cosas, una parte de mí pensó que sería más fácil si simplemente aceptabas.
La miré en silencio.
Aquella era la confesión que había esperado durante semanas.
No era una excusa.
No reparaba lo sucedido.
Pero, por primera vez, mi madre estaba dejando de esconderse detrás de las palabras de Héctor.
—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté.
—Porque no quiero volver a perderte por intentar conservar a alguien que me está haciendo daño.
Me quedé mirando mis manos.
Durante años había creído que, si era suficientemente bueno, suficientemente generoso y suficientemente paciente, mi madre siempre me elegiría.