No porque hubiera amenazado a nadie.
Sino porque había mantenido la calma, buscado asesoría y defendido mis derechos sin inventar atajos.
Héctor tomó sus últimas cajas y se marchó.
No me pidió disculpas.
Yo tampoco se las pedí.
Simplemente lo vi salir por la misma puerta por la que, meses atrás, me había obligado a sacar mis cosas.
Y entonces hice algo que llevaba semanas deseando.
Cerré la puerta.
Apoyé la espalda contra ella.
Y lloré.
9. La decisión que nadie esperaba de mi madre
Pensé que aquella sería la última vez que tendría que hablar de Héctor.
Me equivoqué.
Dos semanas después, mi madre me llamó.
Ya no estaba viviendo en mi casa. Se había quedado temporalmente con mi tía Rosa mientras decidía qué hacer.
—Daniel, necesito verte.
Acepté encontrarme con ella en una cafetería.
Llegó con una bolsa de tela y el rostro cansado.