Después de tantos años de sacrificio, por fin tenemos nuestro hogar. Nadie tiene derecho a separarnos de lo que hemos construido.
Varios conocidos comentaron con corazones.
Otros escribieron mensajes de felicitación.
Mi tía Rosa me llamó esa misma tarde.
—Daniel, ¿qué está pasando? Tu madre dice que estás intentando dejarla en la calle.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Tía, ¿puedo enviarte una copia de las escrituras?
—¿Las escrituras?
—Sí. La casa está a mi nombre. Yo la compré. No les estoy quitando una propiedad suya. Estoy intentando resolver que me hayan impedido entrar en la mía.
Mi tía tardó en responder.
—Pero tu madre dice que Héctor pagó la remodelación.
—¿Qué remodelación?
—Dice que invirtió mucho dinero en la casa.
Aquello me sorprendió.
Hasta donde yo sabía, Héctor había instalado unas repisas y comprado un par de lámparas.