Miré hacia la ventana de mi departamento temporal.
Algo propio.
Mi madre había vivido cinco años en una casa que yo compré con el dinero de mi trabajo. Nunca le cobré renta. Le entregué la recámara principal. Pagué sus gastos cuando no tenía ingresos. Y ahora ella hablaba de aquella propiedad como si fuera una promesa que Héctor podía hacerle.
—Mamá, ¿él te dijo que la casa estaba a su nombre?
El silencio se prolongó.
—Me dijo que, después de casarnos, todo sería de los dos.
—Eso no es lo que te pregunté.
La escuché sollozar.
—Me dijo que tú acabarías aceptándolo.
Me pasé una mano por la cara.
No sabía qué me dolía más: la mentira de Héctor o que mi madre hubiera aceptado una promesa sin preguntarse quién estaba pagando la hipoteca.
—Mamá, la casa está a mi nombre. Yo la compré. Yo pago la hipoteca. Tú lo sabes.