Capítulo 2: Lo que papá cosió

No leí la nota en la habitación.

Llevé a Daisy a la cocina, cerré la puerta con cuidado y encendí solo la lamparita que hay sobre la encimera, como si una luz demasiado fuerte pudiera asustar a las palabras. Ella se sentó frente a mí con el osito sobre las rodillas. Tenía la costura abierta en un costado y un mechón de relleno blanco asomaba entre el pelo gastado del peluche, igual que una herida pequeña.

—Enséñame dónde estaba —le dije.

—Aquí dentro. Lo noté duro al apretarlo.

Mi hija no lloraba. Eso me inquietó más que cualquier llanto. Llevaba cinco años haciéndose mayor con una pregunta que los adultos le apartábamos suavemente de la boca, y ahora la pregunta por fin le había respondido desde dentro de su juguete.

Desplegué el papel sobre la mesa.

La letra de Brandon ocupaba las dos caras, apretada y urgente, muy distinta de su caligrafía tranquila de las listas de la compra y las tarjetas de cumpleaños. Era la letra de un hombre que escribía deprisa porque no sabía cuánto tiempo tenía.

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