No fue una reconciliación perfecta.
Héctor todavía tenía dificultades para reconocer algunos de sus errores. Estela, de vez en cuando, hacía comentarios que obligaban a Valeria a establecer límites. Brayan seguía aprendiendo a administrar su sueldo y a no depender de los demás.
Pero algo había cambiado.
Antes de sentarse a la mesa, Brayan preguntó:
—¿En qué te ayudo?
Valeria levantó las cejas.
—Puedes poner los platos.
—Va.
Héctor llevó el café.
Estela colocó una bolsa de pan dulce en el centro de la mesa.
Por unos minutos, la cocina se llenó de conversaciones sencillas.
Entonces su madre miró a Valeria.
—¿Sabes qué fue lo que más me dolió cuando te fuiste?
Valeria dejó la taza sobre el plato.
—¿Qué?
—Darles explicaciones a las vecinas. No sabía qué decir cuando me preguntaban por qué ya no vivías con nosotros.