Hubo noches en las que extrañó su antigua habitación.
Domingos en los que echó de menos el olor del pan dulce y el ruido de la cafetera.
Cumpleaños en los que tuvo que resistir la tentación de volver a ser la hija que resolvía todos los problemas para que nadie discutiera.
También hubo días en los que se preguntó si había sido demasiado dura.
Pero cada vez que esa duda aparecía, recordaba las palabras de su madre:
Vives bajo mi techo sin pagar ni un peso.
Y recordaba los comprobantes de las mensualidades que había pagado durante cuatro años.
Su nuevo puesto le permitió alquilar un departamento más amplio y ahorrar una parte de su salario. Empezó a tomar vacaciones sin sentirse culpable. Se compró un coche usado con su propio dinero y dejó de compartir sus datos bancarios con su familia.