—Emily, ¿qué hiciste?
Sentí que el corazón se me encogía.
—No hice nada contra ti, Daniel.
—¡No me mientas!
Varios oficiales se volvieron.
El general Hayes endureció la expresión.
—Controle su tono.
Daniel respiró profundamente.
—Disculpe, señor.
Pero continuó mirándome.
—Esto no puede ser una coincidencia.
Lo observé durante varios segundos.
—Mi ascenso no tiene nada que ver con tu situación.
—Siempre quisiste demostrar que eras mejor que yo.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.
Porque durante toda mi vida había intentado demostrar exactamente lo contrario.
Que no necesitábamos competir.
Que podíamos estar orgullosos el uno del otro.
Pero Daniel nunca quiso una hermana.
Quiso una admiradora.
Mi madre apareció junto a nosotros.
—Emily, cariño…
Me volví lentamente.
Hacía años que no utilizaba aquel tono conmigo.
—¿Sí, mamá?
Ella miró mis nuevas insignias.
—No sabía que habías llegado tan lejos.