Bajé la mirada.
—Me habría gustado que estuviera aquí.
Ella asintió.
—A mí también.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Después susurró:
—Fui injusta contigo.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Era la primera vez que mi madre lo reconocía.
—Sí, mamá.
Su rostro se contrajo.
—Lo sé.
Respiré profundamente.
—No necesito que quieras menos a Daniel.
La miré directamente.
—Solo necesitaba que también estuvieras orgullosa de mí.
Mi madre comenzó a llorar.
Y por primera vez no intenté consolarla inmediatamente.
Porque aquella tristeza le pertenecía.
Y tenía que comprenderla.
A las 19:42 recibí un mensaje del general Hayes.
Me pidió que acudiera a una sala privada.
Cuando entré, encontré al general junto al coronel Reed.
Había una carpeta abierta sobre la mesa.
Hayes me indicó que tomara asiento.
—Emily, necesitamos informarle de un asunto delicado.
Sentí que el corazón comenzaba a latir violentamente.