Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Lo sé ahora.
La promesa que finalmente pude cumplir
Un año después de aquel día en que Alejandro trajo a una mujer sin hogar a nuestra casa, regresamos al cementerio donde descansaba nuestra madre.
Lucía caminaba despacio, apoyándose en mi brazo.
Todavía tenía dificultades para recordar algunos años de su vida. Había días buenos y otros terriblemente difíciles.
Pero estaba viva.
Y ya no estaba sola.
Llevábamos flores blancas y el relicario de plata.
Me arrodillé frente a la lápida de nuestra madre.
Durante años había imaginado aquella conversación.
Había pensado en todas las cosas que le diría si algún día encontraba a Lucía.
Pero cuando llegó el momento, apenas pude pronunciar una frase.
—Mamá, la encontré.
Lucía se arrodilló a mi lado.