Se llevó las manos al rostro.
—Pasaron los años. Me enfermé. Perdí trabajos. Algunas personas me ayudaron, otras me hicieron daño. A veces recordaba tu cara, pero no sabía si era real.
Me arrodillé frente a ella.
—Era real, Lucía. Todo era real.
Ella me abrazó.
Alejandro permanecía junto a la ventana, mirando la fotografía de su padre.
Su expresión era indescriptible.
—Mi padre nunca me habló de esto —murmuró.
Me levanté.
—Quizá no quería que supieras lo que había hecho.
Alejandro negó con la cabeza, desesperado.
—No puedo creer que fuera capaz de algo así.
—No tienes que creerlo todavía. Tenemos que demostrarlo.
Y eso fue exactamente lo que hicimos.
La caja escondida en el antiguo despacho
Durante los días siguientes, Alejandro contrató a una abogada especializada en casos de personas desaparecidas y a un investigador privado.
También conseguimos una cita con un neurólogo y un especialista en memoria traumática.