Cerca de las dos de la madrugada, despertó sobresaltada.
—¡No! ¡Por favor, no me dejen allí!
Corrí hacia ella.
—Tranquila. Estás a salvo.
Me miró aterrorizada.
—El ruido… el ruido de las máquinas…
—¿Qué máquinas?
Comenzó a llorar.
—Había una excavadora. Mucho polvo. Alguien gritaba. Yo no podía levantarme…
Me senté a su lado.
—Lucía, ¿recuerdas la noche en que desapareciste?
Se llevó las manos a la cabeza.
—No lo sé. Recuerdo una luz muy fuerte. Después, un hombre. Me dijo que no podía volver a casa.
Mi sangre se heló.
—¿Qué hombre?
La mujer comenzó a respirar rápidamente.
—No puedo verle la cara.
—Está bien. No tienes que forzarte.
Le tomé la mano.
Entonces, de repente, ella miró el relicario que descansaba sobre la mesita.
Lo abrió con cuidado.
Sus dedos rozaron la fotografía de nuestra madre.
Y comenzó a tararear.