Así que le entregué el dinero.
No porque fuera generosa.
Porque sabía lo que significaba necesitar ayuda y no tener a quién pedírsela.
Volví a tomar la carta.
Esa noche compré una sopa caliente, un café y un bocadillo. Comí sentado en una estación de autobuses mientras escuchaba la lluvia golpear las ventanas. Después dormí unas horas bajo un techo, sin temblar por primera vez en semanas.
Pero lo más importante ocurrió a la mañana siguiente.
Por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá mi vida no había terminado.
No sabía tu apellido. No sabía dónde vivías. Ni siquiera sabía si volvería a verte. Solo recordaba que una joven madre me había mirado a los ojos como si yo siguiera siendo una persona.
Y decidí que, si alguna vez conseguía levantarme, intentaría convertirme en alguien capaz de ofrecer esa misma oportunidad a otra persona.