Una tarde, mientras preparábamos la cena, Lily me miró desde la encimera.
—Mamá, ¿la abuela era mala?
Dejé el cuchillo y me volví hacia ella.
Era una pregunta que llevaba semanas temiendo.
—No sé si puedo decirte que era mala, cariño. Pero sí sé que tomó decisiones peligrosas, ocultó cosas importantes y no escuchó cuando ustedes necesitaban ayuda.
—¿Y podemos querer a alguien que hace algo malo?
Me senté junto a ella.
—Puedes querer a alguien y, al mismo tiempo, reconocer que lo que hizo estuvo mal. Pero querer a una persona no significa que tengas que confiarle tu seguridad. Y tampoco significa que tengas que permitirle acercarse a ti si no es seguro.
Lily se quedó pensativa.
Después me abrazó.
—Me gusta que ahora nos preguntes si tenemos hambre, en vez de obligarnos a terminar el plato.
La abracé con fuerza.
Y comprendí que sanar no significaba solamente que los análisis médicos mejoraran.